Tourexpi
Hay lugares que parecen haber sido creados para la luz
del otoño. Capadocia es uno de ellos. En verano, el intenso sol de Anatolia cae
casi vertical sobre las rocas y reduce sus matices. En invierno, la nieve puede
transformar los valles en un paisaje casi monocromático. Pero durante unas
pocas semanas, entre finales de septiembre y bien entrado octubre, todo parece
encontrar un equilibrio. La luz se vuelve más suave, las viñas están cargadas
de uvas maduras y los árboles de los valles comienzan a teñirse de amarillo,
ocre y rojo.
Entre Uçhisar y Göreme
Llego a Capadocia en una mañana fresca de octubre. El
aire tiene esa transparencia que anuncia el final del verano. Desde la
carretera que atraviesa la meseta de Anatolia Central, el paisaje parece al
principio austero: campos ya cosechados, pueblos dispersos y extensiones de
tierra seca. Después aparecen las primeras formaciones de toba volcánica y,
casi sin transición, comienza ese mundo extraño que ha hecho famosa a la
región.
En otoño, sin embargo, Capadocia muestra un rostro
diferente al de las fotografías habituales. Las famosas chimeneas de hadas
siguen ahí, por supuesto. También las iglesias excavadas en la roca, las
ciudades subterráneas y las antiguas viviendas trogloditas. Pero ahora son los
colores que aparecen entre las piedras los que atraen la mirada.
Una de las mejores maneras de descubrirlos es caminar
desde Uçhisar hacia Göreme. La enorme roca de Uçhisar domina buena parte de la
región. Desde sus alrededores se contemplan los valles que descienden hacia
Göreme y, en los días claros, la silueta del monte Erciyes se dibuja en el
horizonte.
Basta con descender unos minutos para que la escala
cambie por completo. El sendero entra en el valle y el paisaje monumental se
convierte en algo sorprendentemente íntimo. Entre las paredes de toba aparecen
pequeños huertos, viñas y árboles frutales. Álamos altos siguen el trazado de
antiguos caminos y pequeñas parcelas agrícolas ocupan cada rincón donde
generaciones de campesinos consiguieron aprovechar la tierra fértil.
En octubre, muchos de esos árboles ya han comenzado a
cambiar de color. Las hojas amarillas de los álamos destacan contra las paredes
claras de la roca. Los viñedos adquieren tonos rojizos y cobrizos, mientras
algunos árboles conservan todavía un verde intenso. El resultado es un mosaico
que cambia prácticamente a cada curva del sendero.
A primera hora de la mañana, la luz entra lateralmente
en el valle. Las paredes orientadas al sol brillan en tonos crema y rosados,
mientras las zonas todavía en sombra conservan un gris azulado. Una hora más
tarde, los colores son otros. Capadocia parece construida tanto por la erosión
como por la luz.
Tiempo de vendimia
Las viñas forman parte del paisaje de Capadocia desde
hace milenios. El suelo volcánico, los veranos secos y las importantes
diferencias de temperatura entre el día y la noche proporcionan condiciones
favorables para el cultivo de la vid. En otoño, esa larga tradición se hace
especialmente visible.
Junto a uno de los caminos encuentro a una familia
terminando la vendimia en una pequeña parcela. No hay grandes máquinas ni
remolques. Solo unas pocas personas, tijeras, cajas de plástico y varias
hileras de vides bajas.
Me detengo a cierta distancia para no interrumpir el
trabajo, pero uno de los hombres levanta la mano y me invita a acercarme. Las
uvas son claras, casi doradas bajo el sol. Algunas tienen pequeñas manchas
marrones en la piel, señal de que han alcanzado una madurez avanzada. Una mujer
corta los racimos y los deposita cuidadosamente en una caja mientras otro
miembro de la familia retira hojas y ramas secas.
No parece una escena preparada para visitantes y
precisamente por eso resulta memorable. Me ofrecen un racimo. Las uvas están
calientes por el sol y son intensamente dulces.
Mientras las pruebo, miro las paredes de roca que
rodean la pequeña viña. En algunas todavía se distinguen entradas de antiguos
almacenes, viviendas y palomares excavados en la piedra. Durante siglos, los
habitantes de Capadocia aprovecharon prácticamente cada elemento de este
paisaje. Excavaron casas, iglesias, establos y depósitos, cultivaron los
pequeños terrenos fértiles del fondo de los valles y utilizaron las cavidades
naturales y artificiales para almacenar alimentos y vino.
La pequeña vendimia que observo no es, por tanto,
únicamente una escena agrícola. Forma parte de un paisaje cultural modelado
durante generaciones.
Después de unos minutos continúo mi camino. Detrás de
mí vuelven a escucharse las tijeras cortando los tallos y las voces de la
familia entre las viñas.
La
luz dorada de la tarde
El otoño también cambia el ritmo del día. El sol
desciende pronto y las sombras comienzan a alargarse entre las formaciones
rocosas. Es entonces cuando Capadocia parece perder parte de su carácter
mineral. Las rocas claras se vuelven doradas, las paredes rosadas adquieren
tonos más intensos y hasta las zonas más áridas parecen cálidas.
Desde un punto elevado cerca de Uçhisar observo cómo
la sombra avanza lentamente por el valle. Primero desaparecen pequeños huertos,
después algunas chimeneas de hadas y finalmente sectores enteros quedan
sumergidos en una luz azulada. En la distancia, Göreme comienza a encender sus
primeras luces.
Es fácil comprender por qué tantos viajeros buscan en
Capadocia el amanecer. Pero durante el otoño, el final del día puede resultar
igualmente espectacular y, a menudo, bastante más tranquilo.
A caballo por los valles
A la mañana siguiente cambio las botas de senderismo
por una silla de montar. Recorrer los valles a caballo permite descubrir otra
dimensión del territorio y, sobre todo, adoptar un ritmo que parece encajar
perfectamente con el paisaje.
Mi caballo avanza con tranquilidad. Salimos por un
camino ancho que pronto se convierte en un sendero estrecho. A ambos lados se
levantan paredes de roca erosionada. Algunas parecen torres, otras enormes
tiendas de campaña petrificadas. De vez en cuando atravesamos pequeños grupos
de árboles cuyas hojas amarillas cubren ya buena parte del suelo.
También cambia el sonido. Desaparecen los motores y
las voces. Solo quedan los cascos sobre la tierra, el roce de las ramas y,
ocasionalmente, el viento que atraviesa el valle.
Desde la silla, el paisaje se percibe de otra manera.
Caminando, uno tiende a detenerse, buscar senderos o fijarse en pequeños
detalles. A caballo, las formas se suceden lentamente, casi como las escenas de
una película.
Atravesamos una zona de viñedos. Muchos ya han sido
cosechados, pero todavía quedan algunos racimos olvidados entre las hojas
rojizas. Más adelante, el sendero comienza a ascender hasta alcanzar una
pequeña meseta desde la que pueden contemplarse varios valles al mismo tiempo.
El sol está bajo y proyecta sombras enormes detrás de
cada formación rocosa. Nuestro guía detiene los caballos durante unos minutos.
Nadie habla. Tampoco hace falta.
Amanecer sobre Capadocia
Todavía es de noche cuando salgo del hotel para vivir
la experiencia más conocida de Capadocia. Hace frío, bastante más que durante
el día, y en el lugar de despegue varios globos permanecen extendidos sobre el
suelo como enormes animales dormidos.
Los quemadores rompen el silencio con violentas
ráfagas de fuego. Poco a poco, las telas comienzan a inflarse y las siluetas de
los globos se levantan contra un cielo que empieza a aclararse por el este.
Subimos a la cesta y, unos minutos después, sucede
algo inesperado: apenas se percibe el momento del despegue. Simplemente el
suelo comienza a alejarse. No hay vibraciones ni sensación de velocidad. El
globo asciende lentamente mientras las personas, los vehículos y los caminos se
hacen cada vez más pequeños.
Entonces aparece Capadocia en toda su extensión.
Desde arriba, los valles que a nivel del suelo
parecían independientes revelan que forman parte de una enorme red de barrancos
excavados en la meseta. Se distinguen las parcelas agrícolas, los pueblos, las
carreteras y las innumerables formaciones rocosas.
Y aparecen los otros globos. Primero unos pocos,
después decenas. Algunos flotan muy por debajo, cerca de las paredes de los
valles. Otros ascienden hasta quedar recortados contra el cielo de la mañana.
Cuando sale el sol, el paisaje vuelve a transformarse
en cuestión de minutos. La primera luz alcanza las zonas más altas. Uçhisar se
ilumina mientras los fondos de los valles permanecen todavía en sombra.
Después, el sol comienza a descender lentamente por las paredes de roca.
Desde el aire se distinguen perfectamente los colores
del otoño. Pequeñas líneas amarillas marcan los álamos. Los viñedos aparecen
como manchas ocres, verdes y rojizas. Entre ellos se extiende el tono pálido de
la tierra volcánica. Por un instante, el paisaje parece un enorme mapa pintado
a mano.
Un breve paréntesis entre verano e invierno
Cuando aterrizamos, el día ya ha comenzado. Desde
tierra vuelvo a ver algunos globos alejándose sobre los valles. Unas horas
después regreso a Göreme. Las terrazas de los cafés se han llenado, llegan los
primeros autobuses y las tiendas han abierto sus puertas. La Capadocia
turística ha despertado.
Pero después de varios días aquí comprendo que el
verdadero privilegio de viajar en otoño no consiste necesariamente en evitar a
otros visitantes. Consiste en encontrar momentos en los que el paisaje recupera
su propio ritmo: una pequeña viña al final de la vendimia, un sendero cubierto
de hojas amarillas, el ruido de los cascos sobre la tierra, un té mientras el
sol desaparece detrás de Uçhisar o aquella primera luz contemplada desde una
cesta suspendida sobre los valles.
Capadocia es espectacular en cualquier época del año.
El otoño, sin embargo, añade algo que ninguna formación geológica puede ofrecer
por sí sola: la sensación de estar contemplando un paisaje en plena
transformación.
Las uvas serán recogidas. Las hojas caerán. Llegarán
las primeras heladas y, quizá unas semanas más tarde, la nieve cubrirá las
chimeneas de hadas. Octubre es solo un breve paréntesis, un momento en el que
la roca, la agricultura y la luz coinciden durante unas pocas semanas y
convierten los valles en un paisaje diferente al que muestran las postales.
Al abandonar Capadocia, vuelvo a mirar las viñas desde
la carretera. La mayoría están ya vacías. Solo quedan las hojas rojas y doradas
bajo la suave luz de la tarde.
Crédito de imagen: Ilustración generada por IA
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